La canción de los Jueves

Creo que he estado abusando un poco de mi cuerpo. Fiestas, desvelos, muchas fiestas. Ayer fue una buena noche y todo estaría maravilloso si hoy no tuviera que estar trabajando y escuchando la molesta voz de mi jefe burlándose de mi estado lelo-zombie.

Hace apenas un año, el trabajo no figuraba en mis preocupaciones, una buena beca me daba el suficiente dinero para no tener que estar pensando en cuantas horas debo dormir al día para poder trabajar bien.

El caso es que eran épocas extrañas, buenas, pero desprendidas de la verdadera realidad. Por un lado, no tenía novio, por el otro me acababa de independizar: completo desastre, una fiesta tras otra, y un enamoramiento inocente tras el siguiente aún más tonto que el anterior. Uno de esos enamoramientos fue José. Un muchacho demasiado formal, tanto que parecía un poco loco. Uno de esos obsesivos compulsivos. Pero me encantaba. Era como un opuesto necesario que detrás de cierta rigidez tenía mucha pasión por lo suyo: el teatro. Toda una tragedia, su familia no quería que él estudiara arte, temían por las malas influencias y los caminos perdidos que pudieran asediarlo.

Salimos un par de veces y cada vez a mi me gustaba más. Era algo muy físico, un poco inventado. Después de tanto desorden una quiere de vez en cuando encontrar algo, un sueño aunque sea, en donde anclarse.

Mis esperanzas con ese sueño muy inventado se dispararon terriblemente cuando me invitó a ver a Massive Attack. Llegó el día del concierto y todo se arruinó. Nos citamos en el Auditorio Nacional, yo salía tarde de una clase y llegué al último momento. Por supuesto mis expectativas estaban dirigidas hacia lo romántico, una escena de silencio repentino o una parte cautivadora de alguna canción y nosotros mirándonos bajo la luz azul que iluminaba el escenario. Aggg!

No, nada de eso. Llegué y José estaba con una amiga y otros amigos más, todos conocidos desde la infancia: yo sobraba muchísimo en ese grupo. Ya saben el típico recuento de las anécdotas de la ultima década de las cuales yo no tenía la menor idea y sólo me quedaba sonreír mientras asentía antes de comenzar a mirar aburrida el horizonte.

El caso es que prácticamente o casi literalmente fui sola a Massive Attack. Incluso al final del concierto nadie me ofreció llevarme a casa y tuve que tomar un taxi. Como lo oyen. Nunca mis lágrimas me dieron tanto coraje y nunca mi humillación había enterrado sus raíces tan profundo. Estuve de malas por días, borré su teléfono, sus correos, todo.

Dejé de verlo por unos meses, hasta que me llamó de nuevo. Para ese entonces yo ya estaba con mi actual y futuro, espero, novio. Fue extraño, me dijo que él había estado enfermo, que cómo estaba yo, que le enseñara mis escritos, que había que vernos.

Después del shock que me causó su “descaro” al llamarme, decidí perdonarlo por una simple y sencilla razón, me enseñó algo: nunca tendremos la menor idea de cómo demonios funciona la mente de los hombres.