La canción del los Jueves

La ira es deliciosa. Hay días en que el enojo llega a mí como un río que cruza en medio del desierto. La indiferencia, la ruinosa, estéril indiferencia llevaba días atacando mi rutina: llegar al trabajo, balbucear un par de ideas, ponerse los audífonos y comenzar a teclear como ausente.

Pero la ira, cuando el enojo llega, tu corazón revive como cuando la parte delantera de tus pies se dobla sobre la pared vertical de un acantilado que se abre en frente de tus ojos. Los dientes se ajustan. Los cachetes de ponen rígidos, los ojos se rasgan ligeramente. El hueco en la cabeza se llena de voces, dramas y guiones que se reproducen y se improvisan: he encontrado unas 15 formas diferentes de decirte que me caes mal. Siento en el pecho que puedo hacerte sentir lo que me has hecho sentir, sólo con mirarte. Me caes mal. Me caes mal. Me caes mal. No te quiero cerca. Me quiero ir. Quiero no necesitar nada de tu lugar. Quiero recuperar la libertad que sólo este enojo me dará. Quiero renunciar a las molestias que me provocas.

Poseer la ira es tener el poder unos segundos, perder el miedo. Y es tener la desventaja de que la verdad está a punto de escaparse entre los dientes. Alguna vez lo dije: el que logra guardar silencio gana la guerra. No muestra la debilidad que siente ante el otro. Pero quien habla se siente libre, ligero. Por lo menos un rato en lo que la culpa regresa como búmeran y trae consigo la venganza del otro si es tu igual, su castigo si es más poderoso.

Cierro los ojos mientras escribo esto y en mi cabeza aparezco caminando a casa, con las manos vacías y los puños apretándose sobre el vacío, y las uñas clavándose sobre las palmas. Quiero escapar caminando a casa para que los árboles y el aire de la tarde barran de mi memoria la ira que tengo.

Todavía no es hora. Tendré que apretar los dientes un rato más para que no se me salga lo que tengo que decir.