La canción de los jueves

La prisa es un monstruo que vive detrás de nuestros párpados. Hay tantos niveles en la sola palabra prisa: está la prisa de minutos, y está esa prisa que no percibimos, la que provoca tantos errores, la que nos orilla a dejar la licenciatura, a irnos de casa de nuestros padres, a casarnos, a tener hijos, a aceptar un mal trabajo. La prisa que crece de las semillas del temor, de aquella fábula del perro que perdió la torta por caerse sobre su propio reflejo buscando el sueño de la satisfacción en una mentira.

Soñar es engañoso. Las imágenes vienen a nosotros como si de elegirlas se tratara, vidas paralelas se viven en segundos. Y al despertar, la realidad vuelve, pero nuestros pulmones se quedan inflados de la sensación alegre de lo que soñamos.

Corremos el peligro de movernos con un motor alimentado de mentiras. Y cuando volteamos nos damos cuenta de que hemos dejado la libertad detrás y que frente a nosotros se abre una vía única y larga y trabajosa que eventualmente tendrá salida pero que será difícil de atravesar.

Tener un hijo jóvenes, embarcarnos con una deuda que parecía fácil de pagar, enamorarnos de la persona equivocada. Nos apresuramos porque nuestros pies no obedecieron a la gravedad en su debido momento.